La historia de ayer, no quedaría bien concluida, si no os contara qué pasó cuando la policía vió parar en una gasolinera, de madrugada, a dos extranjeros (Cuba y Palestina juntas forever), de dudosa apariencia, uno de ellos sin zapatos, que afirmaban volver de Vitoria (jua, jua).
Creo que aparte de preguntarles más cosas que Isabel Pantoja a su futura nuera, les rebuscaron drogas hasta entre los vellos del sobaco... eso sí, multaza de 200 euros por haberse pasado 5 días la ITV. Un saludo, desde aquí, a tan amables y eficaces fuerzas del estado.
Tras esa buena noticia, encima sin llegar a casa todavía, y los paseos nocturnos de la mediana, me he levantado por la mañana de lo más despejada, para emprender con sosiego y gran alegría el nuevo y prometedor día.
Una vez más, no me han defraudado. No son capaces de mantenerse ordenados, callados, tranquilos, sin conflictos... ni un décima de segundo, ofreciéndome tal jornada que creo que mañana, a las 22 horas, tras salir del trabajo, voy a irme a un hotel a dormir.
Además, también está la opción de un convento, que en cualquier momento puede llegarle a una la vocación...
La pequeña ha seguido con su técnica, en más de tres ocasiones, de llorar sin parar,( una de las veces porque quería "goler" la colonia, cogiendo ella el frasco para romperlo), con el fin de que alguien decida colocarle Kilómetros de cinta de carrocero alrededor de la boca, en el mejor de los casos.
La mediana no quería hacer sus deberes, no quería volver a casa, no quería el zumo que se había pedido para almorzar, diciéndole al camarero que le diera otra oportunidad, y que el zumo erróneo me lo bebiera yo, o su padre, allí en su tranquila guardia (sí, aprovecha para descansar que verás lo que te espera...) .
El mayor no ha desayunado con nosotras, porque estaba en casa copiando cincuenta veces: no comeré galletas del tarro por mi cuenta, y otras cincuenta: no imprimiré en color fotos que me hago sin permiso en el ordenador de mis padres, porque gasto el toner y me van a matar... Además ha aprovechado para sustraerle a su hermana, a escondidas, parte de su "pedorreta"(para nosotros era blandi blub) naranja, y encerrarse en el cuarto de baño para incrustar el material en mi toalla de manos, momento en el cual, lo he subido a su habitación entre gritos ya afónicos, (porque no atienden a tonos de cantante, y precisan los de una soprano), indicándole claramente lo que pensaba de él (espero que de mayor se le olvide).
Los he llevado a un parque de bolas cercano, para poder cambiar las camas meadas, guardar ropa y poner la tercera colada del día, así como para sacar dinero y poder pagar a su vez lo de las bolas... Aunque no estaría mal que se los quedaran por no pagar.
Bañados, cenados y dormidos, voy a colocar mi organismo sobre un colchón un indeterminado e ineficaz período de tiempo, hasta que, unas hormigas rojas, decidan comerse al hámster, o unos zombies malvados nos ataquen el día de nuestra boda...
domingo, 25 de marzo de 2012
sábado, 24 de marzo de 2012
Soltera
Duermen, por fin.
La pequeña sigue sollozando en sueños, tras tirarse más de una hora de reloj llorando (no, no es una forma de hablar, se trata de una hora real, con sus sesenta minutos y correspondientes segundos). El motivo, da igual, porque se trata de llorar por gusto, pero en este caso la excusa era que quería la caja donde va la vacuna del hermano, a la que preferiría que no accediera, para no desperdiciar 100 euros, si cayera al suelo y se rompiera.
El día empezó tiznado, como siempre, con la mediana en mi cama, queriendo desayunar a la hora en que otros muchos se recogen a dormir.
Intenté que se divirtieran disfrazándose, para lo cual , subí la pesada caja con disfraces al piso de arriba. Error de nuevo, porque nada les contenta, sacando todo de la caja, sin aclararse ni con el disfraz que querían ponerse, pisándolo todo, y en medio del desconcierto, entrando y saliendo del cuarto de baño, para realizar actos tan viles como el del mayor, que creyendo que se iba a poner colonia en el pelo por su cuenta, ha estado a menos de medio segundo de echarse el quitaesmaltes de la abuela.
Desesperada, los he vestido (acto tedioso y descortés que no voy a describir), y hemos salido a la calle, en busca , realmente, de encontrar a alguien por el camino que quisiera hacerse cargo de ellos, llevándome mis pasos hasta la Biblioteca Regional.
No vayáis a creer que han sido capaces de leer nada. Han desbaratado de su sitio un sinfín de libros, han meado, se han lavado las manos , pese a decirles que no lo hicieran, y cuando decidía volverme, ha aparecido mi salvación: alguien vestido de triángulo verde, denominado "Mec, Mec", ha cogido a todos los niños, cual flautista de Hamelin, y los ha metido en una habitación cerrada a cal y canto, con cristaleras tapadas por cortinas, para contarles un cuento y que dibujaran una hora.
Mis plegarias habían sido escuchadas...qué paz y sosiego interior he disfrutado.
Entonces, he pensado en lo bien que estaría soltera (de ahí el título de este relato), con todo el fin de semana que tenía yo libre, y para lo que me he quedado...
Al acabar, de nuevo los problemas: han salido de rotulador hasta las pestañas. Bueno, no todos han salido. La mediana, yacía en el suelo llorando por no haber terminado de pintar el monstruo verde moteado, y me ha costado sacarlos del lugar un buen rato.
Por el camino, he sido obligada a comprarles un chupchups, y no contento con ello , el mayor, se ha dedicado todo el camino de vuelta (y también el de ida) a pedir cosas para que se las comprara, a la vez que a la pequeña se le caía el caramelo al suelo y rompía a llorar y moquear. Lo de tirarlo a la basura no valía, porque se encabrona más y me toca llevarla en brazos hasta casa (cosa que al final ha ocurrido, de todos modos, para conseguir llegar y obligarlos a dormir la siesta bajo gritos y amenazas...), por lo que me he metido con ellos en una panadería, para que se lo lavaran bajo el grifo, aprovechando mientras, todos, para pedir de nuevo que les comprara aquello que veían, subiéndose al mostrador, solicitando agua, consiguiendo, al final, que yo le dijera al muchacho que no tuviera hijos nunca, saliendo de allí cada vez más exasperada.
Hemos llegado, y tras comer y acostarlos, he decidido echarme a la calle, (siempre gracias a mi suegra), para quedar con la segunda principal comentarista de mi blog, y tomarnos un café y comprarnos ropa de lo menos glamourosa o cara, porque total, a donde salimos, con ir limpias es más que suficiente...
Por cierto, mi marido ha pasado todo el día fuera, con uno de los cubanos que duermen en mis camas cuando "les sienta mal la bebida" ( un saludo a ambos), con una excusa de lo más peregrina. Mañana, por supuesto, tiene guardia, lo que dará seguro para otra historia de madre desquiciada.
La pequeña sigue sollozando en sueños, tras tirarse más de una hora de reloj llorando (no, no es una forma de hablar, se trata de una hora real, con sus sesenta minutos y correspondientes segundos). El motivo, da igual, porque se trata de llorar por gusto, pero en este caso la excusa era que quería la caja donde va la vacuna del hermano, a la que preferiría que no accediera, para no desperdiciar 100 euros, si cayera al suelo y se rompiera.
El día empezó tiznado, como siempre, con la mediana en mi cama, queriendo desayunar a la hora en que otros muchos se recogen a dormir.
Intenté que se divirtieran disfrazándose, para lo cual , subí la pesada caja con disfraces al piso de arriba. Error de nuevo, porque nada les contenta, sacando todo de la caja, sin aclararse ni con el disfraz que querían ponerse, pisándolo todo, y en medio del desconcierto, entrando y saliendo del cuarto de baño, para realizar actos tan viles como el del mayor, que creyendo que se iba a poner colonia en el pelo por su cuenta, ha estado a menos de medio segundo de echarse el quitaesmaltes de la abuela.
Desesperada, los he vestido (acto tedioso y descortés que no voy a describir), y hemos salido a la calle, en busca , realmente, de encontrar a alguien por el camino que quisiera hacerse cargo de ellos, llevándome mis pasos hasta la Biblioteca Regional.
No vayáis a creer que han sido capaces de leer nada. Han desbaratado de su sitio un sinfín de libros, han meado, se han lavado las manos , pese a decirles que no lo hicieran, y cuando decidía volverme, ha aparecido mi salvación: alguien vestido de triángulo verde, denominado "Mec, Mec", ha cogido a todos los niños, cual flautista de Hamelin, y los ha metido en una habitación cerrada a cal y canto, con cristaleras tapadas por cortinas, para contarles un cuento y que dibujaran una hora.
Mis plegarias habían sido escuchadas...qué paz y sosiego interior he disfrutado.
Entonces, he pensado en lo bien que estaría soltera (de ahí el título de este relato), con todo el fin de semana que tenía yo libre, y para lo que me he quedado...
Al acabar, de nuevo los problemas: han salido de rotulador hasta las pestañas. Bueno, no todos han salido. La mediana, yacía en el suelo llorando por no haber terminado de pintar el monstruo verde moteado, y me ha costado sacarlos del lugar un buen rato.
Por el camino, he sido obligada a comprarles un chupchups, y no contento con ello , el mayor, se ha dedicado todo el camino de vuelta (y también el de ida) a pedir cosas para que se las comprara, a la vez que a la pequeña se le caía el caramelo al suelo y rompía a llorar y moquear. Lo de tirarlo a la basura no valía, porque se encabrona más y me toca llevarla en brazos hasta casa (cosa que al final ha ocurrido, de todos modos, para conseguir llegar y obligarlos a dormir la siesta bajo gritos y amenazas...), por lo que me he metido con ellos en una panadería, para que se lo lavaran bajo el grifo, aprovechando mientras, todos, para pedir de nuevo que les comprara aquello que veían, subiéndose al mostrador, solicitando agua, consiguiendo, al final, que yo le dijera al muchacho que no tuviera hijos nunca, saliendo de allí cada vez más exasperada.
Hemos llegado, y tras comer y acostarlos, he decidido echarme a la calle, (siempre gracias a mi suegra), para quedar con la segunda principal comentarista de mi blog, y tomarnos un café y comprarnos ropa de lo menos glamourosa o cara, porque total, a donde salimos, con ir limpias es más que suficiente...
Por cierto, mi marido ha pasado todo el día fuera, con uno de los cubanos que duermen en mis camas cuando "les sienta mal la bebida" ( un saludo a ambos), con una excusa de lo más peregrina. Mañana, por supuesto, tiene guardia, lo que dará seguro para otra historia de madre desquiciada.
viernes, 23 de marzo de 2012
¡ A la playa!
Saliente de guardia, como no podía ser de otra manera, cogemos a lo loco cosas en bolsas, porque hemos decidido pasar el puente fuera de casa, en un pueblo playero, donde disfrutamos de una casa prestada (por la principal comentarista del blog), siendo mejor opción que gastarse en un hotel 200 euros por noche en el mejor de los casos (recordad que tenemos que alquilar dos habitaciones comunicadas, porque en una no nos permiten meternos, y más si nos conocieran, momento en el cual, ni siquiera nos dejarían entrar en el recinto...).
Sí, por primera vez en todo el año, los padres coincidimos tres días de fin de semana juntos en casa.
La cosa prometía, de modo que nos dirigimos todos, jovialmente ( absoluta mentira, pero debo intentar que el inicio de la historia sea agradable...), hacia la ubicación elegida.
Baja del coche, tras llegar, a los zagales, las bolsas, las maletas, y consigue subir, y abrir la puerta,( no tan fácil con ellos metiendo cuerpos y cabezas por en medio, aprovechando para canearse, empujarse o tirarse de los pelos).
Abro por fin, y se dispersan, por toda la casa, como las raíces de una planta, con fines poco constructivos.
En un momento, mientras intento guardar en su sitio ropa y comida, las camas están deshechas, los juguetes en el suelo, quejas de si el DVD funciona o no, papeles tirados por el balcón, la pequeña ya se ha mojado las manos con el agua del bidet...
Creo que no es momento de dormir por la mañana (aunque quisiera), por lo que nos vamos a la playa, porque hace sol, aunque algo de viento y de fresco.
Compramos unos cubos con rastrillo y pala en una tienda de productos asiáticos, denominada vulgarmente "chino", y aparecemos en la playa, a pasar un rato de, según pretendíamos, paz espiritual.
Comienzan a jugar en la arena-piedras, mientras me siento en una toalla, con gafas de sol, arrepintiéndome de haber dejado en casa el abrigo.
Tengo frío, pero esa temperatura no es detectada por esos tres pequeños acúmulos de piel y vísceras, porque en la siguiente imagen, se han quitado toda la ropa, sin preguntar, y juegan en bragas y calzoncillos ante el estupor de los clientes de los bares del paseo de la playa, comenzando enseguida a tantear el agua, para ver si se meten. El niño, a todo esto, con estornudos, tos y pitos.
La mediana aprovecha para echarle piedras a su hermana dentro de los ojos, que son lavados por el motor de nuestras vidas con agua de mar, estupenda para calmar los gritos y llantos de la vilipendiada.
Empieza la retahíla entonces: me quiero bañar, porqué no me puedo bañar, si yo no tengo frío, me quiero bañar... hasta conseguir la claudicación de una madre agotada física y psicológicamente y un padre de dudosas convicciones, acerca de si esto era su paraíso soñado.
La siguiente escena me recuerda a la película de Quentin Tarantino, Reservoir Dogs, porque todo el mundo en el paseo, se queda mirando a un grupo, que avanza sin titubear, consistente en una señora despeinada, que, helada de frío lleva una camiseta de su marido encima de su ropa, de la talla 5XL( que se dice pronto), acompañada por tres niños desnudos, con los pelos chorreando, de la mano, con una toalla encima, y un , digamos enorme señor, con un pantalón negro de chándal remangado hasta la rodilla, como único atuendo, cargados además con zapatos, cubos de playa, bolso, ropas mojadas en las manos...
Hubiera merecido la pena grabar los rostros de los allí presentes. Puntualizo que nadie se estaba bañando el día de los hechos. Doy por tanto inaugurada la temporada playera del 2012.
Sí, por primera vez en todo el año, los padres coincidimos tres días de fin de semana juntos en casa.
La cosa prometía, de modo que nos dirigimos todos, jovialmente ( absoluta mentira, pero debo intentar que el inicio de la historia sea agradable...), hacia la ubicación elegida.
Baja del coche, tras llegar, a los zagales, las bolsas, las maletas, y consigue subir, y abrir la puerta,( no tan fácil con ellos metiendo cuerpos y cabezas por en medio, aprovechando para canearse, empujarse o tirarse de los pelos).
Abro por fin, y se dispersan, por toda la casa, como las raíces de una planta, con fines poco constructivos.
En un momento, mientras intento guardar en su sitio ropa y comida, las camas están deshechas, los juguetes en el suelo, quejas de si el DVD funciona o no, papeles tirados por el balcón, la pequeña ya se ha mojado las manos con el agua del bidet...
Creo que no es momento de dormir por la mañana (aunque quisiera), por lo que nos vamos a la playa, porque hace sol, aunque algo de viento y de fresco.
Compramos unos cubos con rastrillo y pala en una tienda de productos asiáticos, denominada vulgarmente "chino", y aparecemos en la playa, a pasar un rato de, según pretendíamos, paz espiritual.
Comienzan a jugar en la arena-piedras, mientras me siento en una toalla, con gafas de sol, arrepintiéndome de haber dejado en casa el abrigo.
Tengo frío, pero esa temperatura no es detectada por esos tres pequeños acúmulos de piel y vísceras, porque en la siguiente imagen, se han quitado toda la ropa, sin preguntar, y juegan en bragas y calzoncillos ante el estupor de los clientes de los bares del paseo de la playa, comenzando enseguida a tantear el agua, para ver si se meten. El niño, a todo esto, con estornudos, tos y pitos.
La mediana aprovecha para echarle piedras a su hermana dentro de los ojos, que son lavados por el motor de nuestras vidas con agua de mar, estupenda para calmar los gritos y llantos de la vilipendiada.
Empieza la retahíla entonces: me quiero bañar, porqué no me puedo bañar, si yo no tengo frío, me quiero bañar... hasta conseguir la claudicación de una madre agotada física y psicológicamente y un padre de dudosas convicciones, acerca de si esto era su paraíso soñado.
La siguiente escena me recuerda a la película de Quentin Tarantino, Reservoir Dogs, porque todo el mundo en el paseo, se queda mirando a un grupo, que avanza sin titubear, consistente en una señora despeinada, que, helada de frío lleva una camiseta de su marido encima de su ropa, de la talla 5XL( que se dice pronto), acompañada por tres niños desnudos, con los pelos chorreando, de la mano, con una toalla encima, y un , digamos enorme señor, con un pantalón negro de chándal remangado hasta la rodilla, como único atuendo, cargados además con zapatos, cubos de playa, bolso, ropas mojadas en las manos...
Hubiera merecido la pena grabar los rostros de los allí presentes. Puntualizo que nadie se estaba bañando el día de los hechos. Doy por tanto inaugurada la temporada playera del 2012.
viernes, 9 de marzo de 2012
Un día cualquiera
6.50, suena el despertador. En mi cama hay un ser femenino, que parecía profundamente dormido, pero que no ha parado, durante toda la noche, de realizar todos aquellos movimientos que, por desgracia, no realiza en clase de piscina (siempre me pilla en la peor parte del sueño, no encontrándome capacitada, cuando me pregunta: mami, ¿puedo dormir contigo?, para llevarla a su cama, y que allí disfrute ella solita de tan insistentes y torturadores movimientos).
Con el mayor sigilo, me dirijo hacia la cocina para intentar desayunar antes de que aparezcan las bestias, cosa que casi nunca ocurre...
Después de unos puntos suspensivos, salgo de casa hacia mi apasionante y agradecido trabajo. De camino, una de las máquinas del Ayuntamiento, de esas que atacan a la gente por la calle, arrojándoles agua, polvo y objetos, irrumpe en mi recorrido, teniendo que desviarme. En breve, noto cómo mis zapatos se hunden en el barro (creo que el día no está empezando lo bien que debiera, aunque a lo mejor, esto es sólo una apreciación personal), volviendo al camino inicial, antes de que la gigantesca aspiradora me ataque por la espalda.
A la altura del parque, el barrendero "amigo", se interesa, como siempre, por mis turnos de trabajo, intentando decirme algo que me haga sonreir ( ¿sabrá su jefe que habla más que barre?).
Al llegar a mi destino, comienza una jornada con algunas urgencias hospitalarias que ni el mismísimo House sería capaz de resolver: "mi amiga me ha dado una pastilla para abortar, de las que ella usa habitualmente, y, cuatro meses después, viendo que no me viene la regla, acudo a un hospital, señoras y señores, para solicitar la explicación científica de lo que me puede estar ocurriendo..."o del tipo: "tengo granos en la cara más de un año" o " firmeme un justificante con la enfermedad que usted quiera, que no tengo, desde luego, porque no he ido a hacer el exámen de conducir y me penalizan...". A veces pienso que estoy trabajando en un supermercado.
Sin comer, corriendo de nuevo a casa, para echarme al esófago unas cuantas viandas, guardar ropa planchada, preparar las meriendas e ir al cole a recibir a mis maravillosos hijos y sus habituales notificaciones de las agendas: el mayor ha vuelto a enseñar el culo en la clase de gimnasia, la mediana ha recibido un punto rojo por escupir a una compañera en clase, y , la pequeña, que no por ello menos perversa, sale con un enorme cuento en la mano que no es suyo , tras haber convencido a la profesora de que sí lo era...
Con el mayor sigilo, me dirijo hacia la cocina para intentar desayunar antes de que aparezcan las bestias, cosa que casi nunca ocurre...
Después de unos puntos suspensivos, salgo de casa hacia mi apasionante y agradecido trabajo. De camino, una de las máquinas del Ayuntamiento, de esas que atacan a la gente por la calle, arrojándoles agua, polvo y objetos, irrumpe en mi recorrido, teniendo que desviarme. En breve, noto cómo mis zapatos se hunden en el barro (creo que el día no está empezando lo bien que debiera, aunque a lo mejor, esto es sólo una apreciación personal), volviendo al camino inicial, antes de que la gigantesca aspiradora me ataque por la espalda.
A la altura del parque, el barrendero "amigo", se interesa, como siempre, por mis turnos de trabajo, intentando decirme algo que me haga sonreir ( ¿sabrá su jefe que habla más que barre?).
Al llegar a mi destino, comienza una jornada con algunas urgencias hospitalarias que ni el mismísimo House sería capaz de resolver: "mi amiga me ha dado una pastilla para abortar, de las que ella usa habitualmente, y, cuatro meses después, viendo que no me viene la regla, acudo a un hospital, señoras y señores, para solicitar la explicación científica de lo que me puede estar ocurriendo..."o del tipo: "tengo granos en la cara más de un año" o " firmeme un justificante con la enfermedad que usted quiera, que no tengo, desde luego, porque no he ido a hacer el exámen de conducir y me penalizan...". A veces pienso que estoy trabajando en un supermercado.
Sin comer, corriendo de nuevo a casa, para echarme al esófago unas cuantas viandas, guardar ropa planchada, preparar las meriendas e ir al cole a recibir a mis maravillosos hijos y sus habituales notificaciones de las agendas: el mayor ha vuelto a enseñar el culo en la clase de gimnasia, la mediana ha recibido un punto rojo por escupir a una compañera en clase, y , la pequeña, que no por ello menos perversa, sale con un enorme cuento en la mano que no es suyo , tras haber convencido a la profesora de que sí lo era...
martes, 21 de febrero de 2012
Carnaval
Me consta, por diversas fuentes, y no de agua, que determinados grupos sociales, precisan leer algo corto y entretenido, con una frecuencia indeterminada, para olvidarse de muchas cosas (y acordarse de otras, tal vez...), por lo que me esforzaré en relatar la bonita semana de carnavales que hemos disfrutado mis hijos y yo.
Todo comenzó con una señora de cartón, agarrada por cuerdas a una basura, con un sombrero de corsaria y un garfio, que desde el Martes de la semana pasada, indica a los niños qué prenda o artilugio deben llevar incluido en su atuendo al día siguiente, para disfrute personal, y martirio de sus sufridos padres.
Porque no se trata de cosas que habitualmente uno tenga en casa, y menos multiplicado por tres.
El primer día, la prenda elegida fué una pajarita. Quién no tiene una pajarita en su casa?...Sí, eso es, nadie.
Pero ahí entran los chinos de la esquina, que, poseídos por un conocimiento ancestral, habían, casualmente, traído pajaritas a su local, el día de los hechos.
Vuelta a casa, acelerada, como siempre, con unas pajaritas blancas, algo sosas, a las que les cosimos botones, a la vez que preparábamos la cena, los baños, los uniformes del día siguiente, los deberes de cada uno, atendíamos diversas y reiteradas disputas... Todo ello dando gracias de no trabajar ese día o hacerlo sólo de mañana, para poder abarcarlo todo.
El segundo día, la cosa aumentó de nivel: además de una pajarita, los niños debían llevar una flor, en el pelo o en la ropa.
De nuevo, a la tienda china, porque, aunque parezca lo contrario, no dispongo del tiempo suficiente para hacer ni flores ni pajaritas de, por ejemplo, cartón, ni tengo, en mi domicilio, materiales para ello, ni menos aún, ganas.
De suerte estuve, porque sólo quedaban 6 flores de tela, con pinza de pelo incluída para sujetarlas a diversas ubicaciones, cuatro rojas, una rosa y la otra no recuerdo...
El caso es que, a pesar de ser bastante femeninas, las compré para no complicarme la existencia, y al mayor, le arranqué las plumas rojas que la adornaban, en mi humilde opinión, en exceso, para que un niño, de momento, niño, la portara con dignidad a pesar de la purpurinización a la que habían sido sometidas...
Por supuesto, además, de nuevo desayunos variados, uniformes del día, circulares firmadas, dineros pagados, para una minifiesta interna de carnaval...
Tercer día: añadir a lo anterior una "cara divertida"... bien, pensé, todavía tengo del año pasado unos colores para pintar en la cara, que si no huelen demasiado a rancio, puedo emplearlos para pintarrajearles, y poder llegar al trabajo, victoriosa de haber conseguido la meta designada.
Cuarto día: un sombrero. Hasta ahora, nadie se ha planteado quién se encarga de decidir los abalorios. ¿Habrá un comité científico para tal empresa? . ¿Terminará pronto la tortura?. Busco por toda la casa sombreros de buenas tallas, susceptibles de desaparecer para siempre (como de hecho ha ocurrido), y además, intento insertarles como sea la flor de marras, porque a ver si no dónde la pongo. ¿Pegada a la pajarita?; ¿en el pelo como proponía la señora corsaria, sin que se vea por culpa del sombrero la segunda de las prendas requeridas?.Sí, sé que son preguntas demasiado difíciles para esta horas, pero conforme se me ocurren las lanzo al vacío ...
Si creíais que todo acababa aquí, estáis grandemente equivocados, porque aún faltan los días grandes del carnaval, uno el Lunes, en que el mayor debía ir disfrazado, por la mañana, con las cuatro piezas, y tras la comida, con un disfraz, elegido libremente, que debía colocarse él solito, tras portarlo durante todo el día junto a su mochila, además de despintarse la cara con toallitas para pasar de "ser indeterminado de difícil descripción" a "Chino", que, se merecían un homenaje tras haberles suministrado los materiales de los días previos.
Las niñas por el contrario, debían ir disfrazadas al día siguiente, también de un disfraz libre, en este caso de "Chinas", estupendo disfraz, por barato, y por igual para todos, que en mi casa es absolutamente necesario. La individualidad, la dejaremos para cuando se transformen en personas civilizadas, que les queda un rato largo...
Para complicarlo un poco más, en la circular que nos habían repartido en la reunión de padres, indicaba que era el Lunes el día en el que todos se disfrazaban libremente, y, a las 8 de la mañana, tenía madres desorientadas con niños en varias clases, que me llamaban para intentar aclararse con los disfraces, los días, el porqué de sus vidas y qué número de la ONCE iba a salir ...
Ni en los carnavales de Águilas se necesitan tantos disfraces por persona, ni tantos días de dedicación absoluta a la causa.
Por fin, descanso junto a mi Martini imaginario, porque si me lo tomo, no voy a poder acostarme sin consecuencias gástricas.
lunes, 6 de febrero de 2012
Clase de piscina
La clase de piscina, en la que están apuntados los tres, creo que merece una mención.
El asunto tiene sus ventajas e inconvenientes. Por una parte, hacen un deporte sanísimo (aunque en breve puntualizaré quién de ellos no realiza tal acción), se cansan, duermen sin protestar, queman calorías, se lo pasan bien, (no incluiré la visión de ciertos slips apretados de hombre, de color rojo, porque no se trata de una ventaja común..., al menos para los niños o el padre).
En la zona de la Ruperta, está el tener que llevarlos, cambiarlos ( que no es moco de pavo, teniendo en cuenta la colaboración de los tres individuos, así como el calor que hace en el recinto, de tal modo que si entras de la calle con abrigo, helado, pasas a sudar en breve, incrementando la mala leche que ya de por sí te han provocado los nenitos, que lejos de ayudar en su vestimenta, la entorpecen a más no poder, se dedican a hacer pipí, enrrollándose en la cortina separadora del meodromo, pisando las meadas de los demás, sin calcetines siquiera, y danzando en pelotas por un pequeño vestuario atiborrado de padres, en dónde sólo se oyen nuestros gritos...).
Tras conseguir equiparlos con el taje de baño, las chanclas, el gorro, las gafas, la toalla, y, una vez dentro, salimos huyendo con la idea de no volver nunca a por ellos.
Entonces, existen dos posibilidades: irnos a tomar algo, o quedarnos allí, viéndolos desde unas cristaleras de un piso superior, habilitadas para que los padres observen, en plan americano, los progresos de sus hijos.
Como no puedo evitarlo, de vez en cuando los espío, y la última clase me encontré con lo siguiente: la pequeña, colabora, juega, se lo pasa bien, incluso se capuza y nada solita un rato, obedeciendo medianamente bien a su profesora.
El mayor, nada, atendiendo, de vez en cuando las indicaciones de su maestro ( el del slip rojo ajustado), sin tener un estilo definido, pero con algo de intención...
La mediana, no sé cómo describirlo... Tras tres años de piscina, es lo más parecido a una boya de mar, inerte, sin interés alguno de escuchar siquiera lo que le dice el maestro una y otra vez, se queda, sistemáticamente, la última de todos los compañeros, se pasa de carril, echándose encima de algún desafortunado padre, que, pagando su mensualidad, pretende nadar tranquilo para relajarse de su cotidiana vida.
Y cuando el profesor, en cuclillas, harto de gesticular con las manos y chillarle indicándole que se mueva, desfallece, aprovecha la tía, para nadar de espaldas, echando agua por la boca igualico que una ballena, mientras el pobre hombre, estupefacto, se rasca la cabeza como los monos, en señal de derrota absoluta.
Tres cuartos de hora después, salen victoriosos, teniendo entonces que vestirlos, que ni os cuento lo que supone para que podáis dormir tranquilos.
El asunto tiene sus ventajas e inconvenientes. Por una parte, hacen un deporte sanísimo (aunque en breve puntualizaré quién de ellos no realiza tal acción), se cansan, duermen sin protestar, queman calorías, se lo pasan bien, (no incluiré la visión de ciertos slips apretados de hombre, de color rojo, porque no se trata de una ventaja común..., al menos para los niños o el padre).
En la zona de la Ruperta, está el tener que llevarlos, cambiarlos ( que no es moco de pavo, teniendo en cuenta la colaboración de los tres individuos, así como el calor que hace en el recinto, de tal modo que si entras de la calle con abrigo, helado, pasas a sudar en breve, incrementando la mala leche que ya de por sí te han provocado los nenitos, que lejos de ayudar en su vestimenta, la entorpecen a más no poder, se dedican a hacer pipí, enrrollándose en la cortina separadora del meodromo, pisando las meadas de los demás, sin calcetines siquiera, y danzando en pelotas por un pequeño vestuario atiborrado de padres, en dónde sólo se oyen nuestros gritos...).
Tras conseguir equiparlos con el taje de baño, las chanclas, el gorro, las gafas, la toalla, y, una vez dentro, salimos huyendo con la idea de no volver nunca a por ellos.
Entonces, existen dos posibilidades: irnos a tomar algo, o quedarnos allí, viéndolos desde unas cristaleras de un piso superior, habilitadas para que los padres observen, en plan americano, los progresos de sus hijos.
Como no puedo evitarlo, de vez en cuando los espío, y la última clase me encontré con lo siguiente: la pequeña, colabora, juega, se lo pasa bien, incluso se capuza y nada solita un rato, obedeciendo medianamente bien a su profesora.
El mayor, nada, atendiendo, de vez en cuando las indicaciones de su maestro ( el del slip rojo ajustado), sin tener un estilo definido, pero con algo de intención...
La mediana, no sé cómo describirlo... Tras tres años de piscina, es lo más parecido a una boya de mar, inerte, sin interés alguno de escuchar siquiera lo que le dice el maestro una y otra vez, se queda, sistemáticamente, la última de todos los compañeros, se pasa de carril, echándose encima de algún desafortunado padre, que, pagando su mensualidad, pretende nadar tranquilo para relajarse de su cotidiana vida.
Y cuando el profesor, en cuclillas, harto de gesticular con las manos y chillarle indicándole que se mueva, desfallece, aprovecha la tía, para nadar de espaldas, echando agua por la boca igualico que una ballena, mientras el pobre hombre, estupefacto, se rasca la cabeza como los monos, en señal de derrota absoluta.
Tres cuartos de hora después, salen victoriosos, teniendo entonces que vestirlos, que ni os cuento lo que supone para que podáis dormir tranquilos.
domingo, 5 de febrero de 2012
Siete años
Sin haber descansado bien, me he ido al trabajo, pasando bastante frío, lo que tiene una enorme ventaja, porque me procura la vitalidad que me falta para conseguir llegar andando. Aunque una vez allí, me hubiera ido a casa, a acostarme en mi cama, tras un baño con sales aromàticas, y a ser posible un masaje "extractor" de 10 años al menos.
Tras la jornada, esta vez corta, porque sólo era de mañana, de vuelta a casa, a comer una rebanada de pan Bimbo con foiegras, y el caldo restante de un guiso (sí, bastante patético), en el que he decidido mojar algo de pan integral, con el fin de darle algo de consistencia al condumio, acompañada además de mi pequeña, que se ha tirado toda la semana sin ir al cole por tener fiebre, lo cual es difícil de ocultar, con el fin de que la profesora se la coma con patatas, y no nos llame a casa para que vayamos a recogerla. De no existir los termómetros ni el tacto para apreciar el calor, la nenita hubiera ido al cole la primera...
Ingerido el manjar, a la calle, a sacar dinero porque necesitaba ir a una tienda o badulaque, para conseguirle a mi hijo 24 bolsitas con alguna cosa para llevar a clase y, sentirse importante ante sus amigos, aunque , definitivamente, no lo merezca.
En el aula se levanta constantemente de su asiento, interrumpe las explicaciones, solivianta a los demás y se tira al suelo revolcándose , según su maestro "como una croqueta", sin pensar; ni siquiera a sabiendas de los castigos posteriores en clase y fuera de ella.
He llegado a tiempo, y, feliz, porque pensaba que el día de su cumple no podría repartir nada, les ha dado una bolsita a cada uno: incluía un peta-zetas de fresa ( yo llevaba uno de repuesto para mí, por supuesto...), una piruleta de corazón y unos conguitos de chocolate de colores. Algunos niños se han acercado a darme las gracias, y hemos salido de allí victoriosos hacia casa, donde las abuelas habían hecho tres pasteles para que el infante pudiera soplar las velas con sus tíos y abuelos, porque el padre, se hallaba descansando en un lugar costero, de guardia.
Entre sus regalos, el FIFA 2012, que lo ha mantenido inmóvil en el sofá ( creo que se lo voy a prestar a su profesor), aunque no por ello no ha habido lío en casa, con dos hermanas y cuatro primas, la mayor de 8 años la semana que viene.
Ha cumplido feliz sus siete años, y yo me he inflado a tartas, petazetas y conguitos (con una copa de Pedro Ximénez, para no atragantarme), tal vez porque la comida había sido algo deficiente, y porque ante el tumulto, los míos estaban entretenidos, y no se han abalanzado sobre mí, como de costumbre, para que les de lo que intento comer.
Un saludo a mis seguidores (que más bien creo que son seguidoras).
Tras la jornada, esta vez corta, porque sólo era de mañana, de vuelta a casa, a comer una rebanada de pan Bimbo con foiegras, y el caldo restante de un guiso (sí, bastante patético), en el que he decidido mojar algo de pan integral, con el fin de darle algo de consistencia al condumio, acompañada además de mi pequeña, que se ha tirado toda la semana sin ir al cole por tener fiebre, lo cual es difícil de ocultar, con el fin de que la profesora se la coma con patatas, y no nos llame a casa para que vayamos a recogerla. De no existir los termómetros ni el tacto para apreciar el calor, la nenita hubiera ido al cole la primera...
Ingerido el manjar, a la calle, a sacar dinero porque necesitaba ir a una tienda o badulaque, para conseguirle a mi hijo 24 bolsitas con alguna cosa para llevar a clase y, sentirse importante ante sus amigos, aunque , definitivamente, no lo merezca.
En el aula se levanta constantemente de su asiento, interrumpe las explicaciones, solivianta a los demás y se tira al suelo revolcándose , según su maestro "como una croqueta", sin pensar; ni siquiera a sabiendas de los castigos posteriores en clase y fuera de ella.
He llegado a tiempo, y, feliz, porque pensaba que el día de su cumple no podría repartir nada, les ha dado una bolsita a cada uno: incluía un peta-zetas de fresa ( yo llevaba uno de repuesto para mí, por supuesto...), una piruleta de corazón y unos conguitos de chocolate de colores. Algunos niños se han acercado a darme las gracias, y hemos salido de allí victoriosos hacia casa, donde las abuelas habían hecho tres pasteles para que el infante pudiera soplar las velas con sus tíos y abuelos, porque el padre, se hallaba descansando en un lugar costero, de guardia.
Entre sus regalos, el FIFA 2012, que lo ha mantenido inmóvil en el sofá ( creo que se lo voy a prestar a su profesor), aunque no por ello no ha habido lío en casa, con dos hermanas y cuatro primas, la mayor de 8 años la semana que viene.
Ha cumplido feliz sus siete años, y yo me he inflado a tartas, petazetas y conguitos (con una copa de Pedro Ximénez, para no atragantarme), tal vez porque la comida había sido algo deficiente, y porque ante el tumulto, los míos estaban entretenidos, y no se han abalanzado sobre mí, como de costumbre, para que les de lo que intento comer.
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